Lobo Portugués·Traducciones

The fattening of the pig

El tiempo no perdona. En la cuarta entrada del Lobo Portugués, encontrarán un pequeño relato sobre cómo ha sido afrontar el paso de los años para el frontman de Moonspell. Pero como solemos decir en México: “Más sabe el diablo por viejo que por diablo”. #AlwaysUnderTheSpell


Sólo puedo imaginarme el duro suplicio que pasan los atletas de alto rendimiento en los periodos en que deben mantenerse en forma  por el único motivo de sus profesiones y todo lo que esto conlleva. Hemos visto y comentado sobre cómo Hugh Jackman ha ganado peso o cómo Christian Bale (espejito, espejito, ¿cuál de los dos está más loco?) se convierte en piel y huesos, tan liviano o pesado como él quiere. Aquel que nunca ha levantado una ceja cuando una modelo muestra un poquito más o un poquito menos carne durante sus vacaciones en Bali, que arroje la primera piedra.

El hecho es que girar es la vida de los músicos, aún si es menos glamorosa y con un presupuesto ajustado, mantiene vínculos serios con las entradas y salidas de la vida pública y los trabajos. ¿Cómo y especialmente por qué te mantienes en forma puesto que no te gustaría ser un barril viviente?, ésa es la pregunta del millón de dólares. Algunos dicen: “Vé al gimnasio, huevón. Pon a trabajar esas endorfinas.” Creo que no estoy hecho para eso. Lo digo porque lo he intentado muchas veces en el pasado y todavía no puedo superar toda la intriga del gimnasio, las estúpidas repeticiones, los biceps ardiendo, el sentimiento de que esta mierda no funciona y sólo es dinero desperdiciado. Acostumbraba salir a correr cuando vivía en el centro de Lisboa. Era estúpido. Demasiados autos, demasiadas líneas triples de estacionamiento, parques atestados de gente. Era como una carrera en slow motion  sin importar que  Cannibal Corpse retumbaran en mis auriculares. El otro día vi a Nergal de Behemoth trotando por el camino hacia el Resurrection Festival en España y entonces lo supe: Me convertí en uno de esos sujetos que se sientan en el auto, miran a la gente correr y se imaginan cuándo el Sol se tragará a la Tierra. ¿Porqué, bro?

Sin embargo, soy tan vanidoso como cualquiera. Me deprimo ante la línea de mi cabello que va retrocediendo y que muestra más mi cráneo cuando estoy sudando en un escenario húmedo. Me miro al espejo y “sumo la panza” para las fotos importantes. No piensen que no lo sé, no piensen que no lo sabemos. Es un error que nunca cometeré, que un gótico no se puede permitir: El no saber en lo que me estoy convirtiendo es, a veces, triste. Estoy forzado a ver mis propias fotos y vídeos por años. Una persona ajena a la vida pública quizá no comprenda la emoción de ser reconocido en el supermercado mientras compras pañales, pero tampoco es necesario contactar con mi propio Dorian Gray online básicamente diario.

Acerca de eso, a todos les digo que mi niño es mi gym y en efecto, soy un padre muy atento que sucumbe fácilmente a los encantos del pequeñín Fausto, lo levanta y se lo lleva volando unas tres veces por las escaleras hasta el garage como si le dolieran sus piernas. Él me mantiene en forma y también lo hace el constante trabajo con Moonspell fuera de lo escenarios y la vida real con diligencias de todo tipo. Todos me dicen que eso no es suficiente, así que dijo “está bien, jugaré fútbol de nuevo”, pero entonces sale el asunto del dolor de mi espalda baja y si, esa conciencia que jode a mis amigos hasta la muerte: ¡Estoy envejeciendoooooooooooo!

Entonces, ¿cuál es el truco? No lo sé pero la vida en la gira te lleva a tener una rutina difícil de presentaciones intensas, viajes y por mucho, parece que defiendes tu propio deterioro en el escenario. Eso te vuelve más saludable y listo, al menos trato de engañarme a mí mismo para pensar eso. Regresar a casa para un músico es grandioso pero no evita las incomodidades. Recuerdo que leyendo la biografía de U2 (no pregunten) aprendí que Bono se queda en un hotel por unos días antes de ir finalmente a su casa. Bueno, yo no soy Bono y después de unos cuantos días en casa la rutina cambia dramáticamente. Antes solía enfermarme con frecuencia durante las giras. Ahora ya no. Pero después de un par de días en casa, mi temperatura corporal queda jodida: Si me pongo una playera para salir, el viento está helado y si me abrigo bien, me toca sudar en la fila del banco. Y la vida real sigue su curso, me adapto y entonces queda ahí mi aroma en el sofá, mi Netflix, mi refrigerador y “antojitos” portugueses.

Y bien, antes de que ustedes piensen que es un gran y poco comentado secreto que estamos envejeciendo, que nuestro cabello ya no es como lo fue en los noventa y que no nos vemos… “bien”, espabilen un poco y recuerden que nadie es más consciente de eso que nosotros mismos, a quienes nuestros trabajos nos vuelven figuras públicas sin tener realmente otra opinión. La vida y los kilómetros nos pasan factura y lo único que nos queda es engañar al tiempo lo mejor que podemos. Engordando y luego siendo sacrificados en el altar.


Fuente original: The Portuguese Wolf

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