Artículos de Opinión·Traducciones

La ternura de los cuarenta

Como lo anunciamos anteriormente, Fernando Ribeiro comenzó a colaborar en la sección de opinión del Jornal de Leiria. El día de ayer, se publicó una reflexión que bien se podría considerar ‘en cadena’.

Los invitamos a leer esta traducción y a ver desde sus perspectivas una muy bizarra realidad.


Mi madre tenía apenas 26 años y nosotros tres –yo, y mis hermanos–, ya estábamos en el mundo. Cuando mis padres llegaron a los cuarenta, yo ya tenía edad para observar.

Vi muchas cosas, entendí algunas, pero lo que permaneció para la memoria futura, fue lo que no entendí en aquella época y que ahora, a los cuarenta y dos, encaja, finalmente, en el rompecabezas de la vida.

Algunas veces, veía a mis padres infantiles.

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Les gustaba pasear, meterse en pruebas matutinas de atletismo, organizar bailes por la noche. Yo era mucho de casa y extrañaba eso. Extrañaba que ellos no pasaran más tiempo en casa a descansar conmigo, trabajaban tanto.

Era o me estaba volviendo adolescente, viviendo en casa con toda la familia, pero nunca me había sentido tan apartado de ellos. Después, comenzó a gustarme esa inesperada privacidad que me permitía una cierta libertad en casa.

Las diferencias se fueron encajando, el amor familiar nunca cambió, ni irá a cambiar, y en retrospectiva, comprendí las idas diarias al café, las ferias casi a la fuerza, los amigos que entraban y salían de casa.

También por esa época comenzamos a ver a nuestros padres de luto. Morían sus padres, los abuelos, familiares, tíos, amigos, nanas, sobrinos, hermanos. Unos en el curso natural de la vida, otros, arrancados de ella de una forma que nada sobraba para cualquier tipo de explicación o coping.

Morían también sus ídolos musicales y artísticos. Nosotros no le dábamos gran importancia a esos desaparecimientos, o entonces no lo comprendíamos en la cima inocente de quien tiene todo el futuro adelante.

Hasta que ahora, de súbito, es nuestra vez. Nuestros padres, abuelos, familiares, tíos, amigos, primos, ídolos. Nuestras redes sociales son obituarios. Aunque no te guste alguien famoso que murió, la simpatía por la muerte tiene hoy remotos contornos sociales y culturales.

Después… la vida real. Nuestros amigos lloran en nuestros hombros como niños. La cabeza de ellos apoyada en nuestros hombros. Las lágrimas no siempre silenciosas. Las miradas cansadas y frustradas de quien siente que no hizo todo, de quien no dijo todo, de quien no aprovechó su tiempo.

La historia se repite. La muerte también. Y por muy avanzadas que estén nuestras medicinas y sociedades, de súbito, es nuestra vez.

Y no podemos hacer nada en contra de eso, sino irnos preparando para que nuestras personas y nuestro mundo se vaya extinguiendo poco a poco hasta que seamos, físicamente, una de las únicas memorias que permanecerá en nuestro futuro hecho de vida y de muerte.


Fuente original: Jornal de Leiria

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