Merecerse todo

Siguiendo la celebración por el cumpleaños de nuestro admirado Fernando Ribeiro, traemos para ustedes la más reciente entrada de su blog, en el que nos cuenta sobre su particular forma de ver las cosas y el por qué se había mantenido algo distante de la escritura estas últimas semanas.


 

Yo nací el 26 de agosto de 1974, a las 7:00 a.m., en Lisboa, Portugal. Fui el segundo hijo de mi madre Ana, pero su primer varón. Antes de mí ya estaba Paula, mi hermana mayor y luego vino Ricardo, mi hermano pequeño. Soy el hijo de en medio.

Ayer me reuní con algunos amigos especiales. Algunos no pudieron asistir a nuestra pequeña reunión, el verano suele ser difícil para las personas con nuestra ocupación, pero me estuve relajando todo el día en el patio de mi hermano, bebiendo cerveza, fumando, chateando, jugando con los niños, cocinando para mis amigos veganos. Y cuando la noche cayó, el Jack Daniel’s se unió a la fiesta hasta que mi hijo me sacó de ahí, muerto de cansancio. Lo acosté, le di un beso de buenas noches y regresé afuera a terminar mi trago, al tiempo que reflexionaba sobre la vida, hacía una cuenta de errores y de las cosas pendientes por hacer. Pensaba sobre el silencio absoluto, lo cual es algo que amo hacer. Luego me fui a dormir.

Hoy soy un año más viejo, marcho con diligencia hacia el momento en el que cumpla los 50, dentro siete años. Más cerca que nunca, un poco más lejos de mis primeros momentos de vida. Mi nacimiento, los primeros años, la escuela, los libros, música, la paternidad, la familia y el momento en el que el pequeño río que es mi vida (del cual proviene mi apellido en portugués) se convirtió en afluente y se mezcló con las aguas más profundas de mi banda Moonspell, que ahora tiene 25 años, y que obviamente cambió lo que sea que el destino me tenía deparado en 1974.

Uno de mis deseos de cumpleaños fue un tiempo a solas para poner en palabras, dentro de este blog, que no he visitado por muchas razones (siendo la principal de ellas, la enorme necesidad de un descanso de mis propias opiniones y de la forma en la que veo mi industria y mi mundo ir y venir).

Trabajo mucho para Moonspell, lo hago a un costo que siempre se siente pequeño comparado con lo que consigo, tanto como individuo como grupo. Tratar con cifras, expectativas, problemas y personalidades te vuelve otra persona. El mes pasado, después de que abandonamos nuestra agencia, hemos tenido que lidiar con la tarea de volver a Moonspell un nombre sólido, una garantía para nosotros y para aquellos que dependen de nosotros ahora. Esta empresa se balancea entre ser creativo y algunas veces hacer llamadas difíciles que afectan profundamente nuestro ánimo. Dos cosas me han ocurrido: Me volví más intenso que nunca y le agradezco a mis colegas de banda y a mi familia por traer siempre las cosas bajo perspectiva, cuando me encuentro incapaz de sacudirme esa capa de agresividad e irritación.

Lo segundo es que, en el tiempo libre que tengo, he vuelto a la escritura. Así que, tras hacer toda la chamba difícil, me siento en el sofá de mi estudio, enclaustrado, a pensar en lo que será el sucesor de Extinct, considerando que 1755 es un álbum completamente histórico-conceptual. Y quién sabe, quizá sea el primer capítulo para Moonspell, que quizá adoptemos más tarde, bajo los mismos términos, para abarcar la fascinante e ininterminable fuente de inspiración que resultan los 900 años de historia de Portugal.

Cuando hago esto, siento “esto es lo mío”. Puede que haya mejorado en cerrar tratos y en imaginar experiencias con los fans, pero ahora más que nunca sé de qué madera estoy hecho y la diferencia que puedo hacer en mi mundo. En el principio era el Verbo.*

Dejando eso de lado, soy un tipo común, con una historia diferente para contar, intentando por acierto y error de no fallar cuando la familia, la vida o mi carrera me requieren. Podría ser depresivo sobre esto, pero, extrañamente, no lo soy. Con muchos músicos guerreros cayendo, solo puedo teorizar que ellos no encontraron lo que buscaban y perdieron el control de las cosas. Algunas veces podemos arrastrarnos a un agujero y descubrir que no es tan profundo o que solo necesitamos cerrar la puerta detrás de nosotros. No tengo más que respeto por aquellos que lo han hecho. El mismo respeto que siento hacia quienes no lo hacen.

Todavía es muy pronto hablar sobre lo que me condujo a escribir un nuevo álbum y los contornos de este bosquejo viajan más allá de lo que espero mientras estoy sentado en el sillón. No obstante, el proceso, el mero proceso, el reto, la búsqueda me hacen una mejor persona en tanto que me bajan la ira y la frustración, que deposito en las historias que le dan color a mi tiempo libre, mientras cuento nubes de humo.

Una mejor persona es, para mí, alguien que no espera nada en particular de sus amistades o compañías. Muchas veces me he quedado enredado, atrapado, en el pensamiento de “por qué ellos tienen esto y aquello y nosotros no“. Eso es veneno corriendo despacio sobre la superficie de tu piel y de la gente que vive de sus creaciones y de lo que hace el mundo con ellas. Lo he probado. Incluso hasta el punto de amargarme solo. ¿Y todo para qué? Solo por la idea de creernos con derecho a algo, lo cual es la enfermedad silenciosa y moderna de nuestro tiempo.

Nuestros derechos, nuestro dinero, nuestro lugar en los festivales, nuestras peleas con las compañías de vuelo. Es difícil no reaccionar intensamente a ello y es muy fácil saltar a la conclusión de que nos merecemos más que nuestros colegas, aún cuando no sabemos todas las circunstancias de la victoria o la derrota, ni lo que ambas significan. Si esa persona que es un amigo, o un ídolo, cuya necesidad de atención, llega al punto en que no sabes si sigue siendo de carne y hueso o un holograma competitivo que trasciende la vida publicando en redes sociales**, queda en ti el usar tu memoria y verdaderos sentimientos para decidir bajo tu responsabilidad el “perder” a ese amigo. Rendirse en cuanto a un sentimiento verdadero, detonado por el momento, es una difícil decisión.

Todos juzgamos y somos juzgados durante nuestras vidas. Está en nuestra naturaleza el sentirnos mejores que otros, esperar recompensas, minimizar las intenciones y el duro esfuerzo de otros. Necesitamos una armadura completa para hacerle frente a esta bestia y, más que otra cosa, requerimos encontrar valor para vestir esa armadura.

El mejor regalo de cumpleaños que me puedo hacer a mi mismo es coger todo el conocimiento y concientizarme de las palabras correctas para usarlo. Cuando el paradigma cambia, hay metralla por todas partes y me aterran palabras como humildad, autoconciencia y pertenencia. Eso personifica la era de la proyección, de la inquietud del deseo, de ser avaro con lo que se da. No somos nada después de todo y, para añadirle confusión, lo somos todo al mismo tiempo. Si soy intenso algunas veces, déjeme serlo. Tengo 43, puedo tener mal genio, puedo decir “de ninguna forma”, y siempre me voy a sentir a gusto con ello porque proteger nuestros intereses es la misión de mi vida. Por otra parte, sé que ampliaré el enfoque de la situación o que alguien me ayudará a hacerlo. Así que estos días descanso seguro.

El perseguir la felicidad es una decisión que empieza en lo profundo de cada uno y que se debe controlar más de lo que imaginamos, si es que conseguimos limpiar las telarañas que deja esa sensación de merecerlo todo, para buscar más allá, hacia delante, hacia los cielos, hacia el interior. Pero nunca debes mirar a quienes corren a toda prisa a tu al rededor. Para ser totalmente franco, no se trata de ganar la carrera, sino de evitar tropiezos y caídas mientras corres.

¿La foto? Mis amigos trajeron algunos obsequios, aquí se ven algunos de ellos: La narración de “Pedro y el Lobo” por David Bowie (cortesía de los Vilhena-Gaspar); “Post Pop Depression” de parte de un verdadero conocedor (Ricardo Amorim, el biógrafo); “Nosferatu” de James Bernard de parte de un coleccionista a un tipo que guarda sus discos en cajas (Paulo Mendes, el sujeto indicado para ser tu amigo). También una botella de Jameson negra de parte de nuestro primo finlandés Nico, y por último, pero no por ello menos importante, un reloj de bolsillo de un viejo y finado tío abuelo, quien fue mi primera guía espiritual sobre la obra de Crowley, Levi, Boulez, Arthur C. Clarke y muchas otras mentes gigantes. Dentro de esa cajita redonda yace el regalo de mi hijo Fausto: El primer diente de leche que se le cae.

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Glosario metalero:

* Se hace alusión a un versículo bíblico, San Juan 1:1.

** Se refiere a casos en que se hacen espectáculos con hologramas de músicos ya fallecidos. Un caso emblemático es el de Ronnie James Dio.

Texto original: The Portuguese Wolf

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